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Cada vez es más frecuente que las parejas acudan a terapia por peleas que surgen debido a temas cotidianos, como la limpieza o el orden en casa. El tono sube con facilidad y la sensación de estar siempre al límite se vuelve habitual.
En muchos casos, detrás de esos conflictos hay un cansancio que surge al intentar conciliar el trabajo, la crianza, la vida en pareja, etc.
Las discusiones suelen comenzar por temas concretos: “quién se encarga de recoger a los niños/as”, “quién va a hacer la compra” o “a quién le tocaba limpiar el baño” y, aunque estas conversaciones son necesarias, el problema no es hablar de organización, sino cómo o desde dónde se habla.
En consulta, muchas veces vemos que estos temas son solo la punta del iceberg. Debajo de todo esto hay una sensación de saturación, soledad y/o falta de reconocimiento por parte del/a otro/a.
Cuando una persona lleva tiempo queriendo llegar a todo, durmiendo poco y resolviendo imprevistos, su paciencia se reduce y empieza a aparecer una dificultad en la gestión de las emociones. Surge una mayor sensibilidad, irritabilidad y reactividad ante cualquier comentario o acción que pueda ser percibida como crítica, ataque o desentendimiento.
En ese momento, cualquier frase puede sentirse como un reproche. Cuando, el mensaje que se debe escuchar no es “no me ayudas”, sino “siento que estoy solo/a en esto”; no es “nunca estás en casa”, sino “necesito sentir tu apoyo”.
Cuando ambos miembros de la pareja están desbordados/as, el conflicto se vuelve habitual e intenso.
A menudo, creemos que podemos separar los distintos ámbitos de nuestra vida: trabajo, familia y pareja. Sin embargo, emocionalmente, no funcionan como compartimentos aislados.
Si durante el día hemos estado estresados o bajo presión, gestionando responsabilidades y tomando decisiones o aguantando críticas y teniendo que dar el 100%, nuestra mente no se desactiva automáticamente al cruzar la puerta de casa; seguimos estando alerta.
En ese estado es difícil escuchar con calma y, en cambio, es más fácil interpretar un comentario neutro como crítica y responder a la defensiva. Generalmente, las respuestas que damos a las personas de confianza, además, son reflejo de todo aquello que hemos tenido que callar en otros contextos o que no nos hemos permitido expresar.
Desde el enfoque sistémico entendemos que, lo que ocurre en casa influye en el trabajo y viceversa. Cuando la relación está tensa, el rendimiento laboral también puede verse afectado, aumentando la frustración y el estrés. De esta manera, la tensión en ambos ambientes se retroalimenta, generando agotamiento y reduciendo nuestra capacidad de gestión, lo que nos llevan al desbordamiento emocional.

Conciliar no consiste solo en cuadrar horarios, también se trata de sentir que el reparto es justo y equilibrado.
En muchas parejas aparece lo que se conoce como carga invisible. Esto es la carga unilateral o reparto mal equilibrado de la planificación mental, la anticipación, el tener que estar siempre pendiente de lo que falta por hacer... No siempre se ve, pero consume mucha energía.
En una sesión, Marta explicaba que sentía que nunca desconectaba. Aunque Lorena, su pareja, colaboraba en tareas concretas, era Marta quien siempre estaba pendiente de citas médicas, cumpleaños, limpieza de la ropa y de la casa, compra y cocina, e incluso reuniones vecinales. Aunque las tareas se repartían, Marta siempre tenía que recordarle a Lorena lo que había que hacer ese día.
Su sensación no era solo de cansancio, sino de falta de apoyo y reconocimiento. Lorena, por su parte, se sentía injustamente señalada, ya que alegaba que colaboraba con todo lo que Marta le pedía. No entendía el malestar de ésta.
Además, ambas tenían que ajustarse en trabajos por turnos, lo que dejaba poco espacio para compartir en pareja. Ambas estaban agotadas y se sentían poco valoradas, pero cuando la otra expresaba su necesidad, lo vivían como un ataque personal.
Cuando comencé a trabajar con Marta y Lorena, la sensación era que la pareja funcionaba desde la organización. Marta dirigía y Lorena acataba. Todas sus conversaciones giraban en torno a horarios, tareas y responsabilidades que, aunque son necesarias, limitan el espacio de pareja y la expresión de necesidades y deseos.
En consulta, Lorena se quejaba de que solo compartían tiempo para discutir sobre los quehaceres. Hacía mucho que no pasaban tiempo juntas haciendo planes que al inicio disfrutaban. El trabajo ocupaba la mayor parte del tiempo y, al llegar a casa, el agotamiento y las discusiones terminaban de mermar la energía que les quedaba.
Cuando solo gestionamos tareas, dejamos de cuidar el vínculo. Y, sin momentos de cercanía, cualquier discusión pesa más.
Desde el enfoque sistémico, no buscamos culpables ni quién tiene más razón, sino observar la dinámica. Nos preguntamos qué hay detrás de ese ciclo y qué podemos hacer para cambiarlo. A veces, el conflicto es una señal de que la relación necesita reajustarse.
En terapia de pareja, tratamos de ir más allá del contenido de las discusiones. Exploramos el contexto en el que se producen esas discusiones y cuál es la necesidad que hay detrás para cada uno de los miembros.
Algunas formas habituales de trabajar son:
1. Hacer visible el ciclo
Un primer paso importante es que los miembros de la pareja puedan identificar qué ocurre cuando surge el conflicto. Cuando ambos/as pueden ver y reconocer el proceso, dejan de verse como enemigos/as y comienzan a asumir la responsabilidad compartida en la dinámica que mantienen.
Es importante salir de los reproches y ver que el problema no está solo en uno/a u otro/a, sino en la relación.
2. Diferenciar organización y emoción
No es lo mismo discutir sobre horarios, que hablar sobre la sensación de soledad o de estar poco acompañado/a. Cuando la emoción toma el protagonismo, la conversación cambia. Es importante que las parejas puedan mirarse y entender qué emoción está viviendo el/la otro/a, hablando desde la necesidad y no desde el reproche.
3. Revisar los acuerdos
En ocasiones, reducir el conflicto pasa por reorganizar las tareas y hacer explícita la carga invisible. Contar con un espacio donde expresar las responsabilidades percibidas de cada uno/a puede aliviar malestar acumulado.
4. Recuperar espacios de conexión
Una parte importante es que la pareja vuelva a tener momentos que no estén centrados en las obligaciones. No se trata de hacer grandes planes, sino de sentir presencia. Una conversación compartida sin distracciones, una cena o una película escogida por ambos/as puede marcar la diferencia.
5. Aprender a reconocer la saturación
Cambiar la manera en la que discutimos pasa por reconocer cuándo nos estamos sintiendo saturados/as y que muchas veces no tiene que ver con la pareja. Iniciar una conversación importante desde el agotamiento suele garantizar que se reproduzca el patrón de reproches, ataques y defensa.
Poder posponer esa conversación para un momento de mayor tranquilidad es una forma de cuidado, no de evitación.
Vivimos en una sociedad que normaliza e incluso valora el sobreesfuerzo y el cansancio constante. Dedicamos muchas horas al trabajo. Nos exigimos mucho y, en consecuencia, exigimos mucho a los demás.
Cuando vivimos esa exigencia en el ámbito laboral, es posible que la traslademos al hogar, donde sentimos que tenemos más libertad para expresarnos. Pero, sostener una relación desde la dinámica de reproches y exigencia, es peligroso. Es importante reconocer cuándo nos estamos sintiendo presionados/as en el trabajo para no volcar esa frustración y malestar en nuestra pareja. Se trata de poder comunicar el cansancio y poder ver a nuestra pareja como aliada, no como el lugar donde descargar nuestra frustración.
Cuidar la conciliación es cuidar el vínculo.
No se trata solo de organizar mejor la agenda, sino de reconocer cómo estamos teniendo esas conversaciones. Se trata de repartir cargas, reconocer esfuerzos y recuperar espacios de conexión.
Cuando nos centramos en escucharnos, a nosotros mismos/as y al/la otro/a, la relación y el hogar dejan de ser espacios de tensión para convertirse en lugares de apoyo y descanso.