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Hoy en día todavía nos cuesta hablar abiertamente de las emociones, sobre todo de aquellas que suelen considerarse negativas, como pueden ser la tristeza, el miedo o la rabia.
¿Alguna vez has dicho o escuchado frases como: “no es para tanto”, “no estés triste, no quiero verte así”, “hay personas a las que le suceden cosas peores” …? Negar o minimizar lo que sentimos supone un riesgo para nuestra salud física y emocional, ya que dificulta la conexión con nosotros mismos y nos aleja de nuestras necesidades.
Ante esto, la validación emocional resulta ser una herramienta no solo para mejorar el bienestar psicológico, sino también para fortalecer las relaciones con los demás.
La validación emocional es la habilidad de aceptar nuestras emociones y las de los demás, dándonos o dándoles el permiso para sentirlas tal y como son.
Validar significa legitimar, dar valor y respetar. Es lo contrario al juicio y la crítica.
No implica estar de acuerdo con lo que el otro siente, porque cada persona puede experimentar emociones distintas ante la misma situación. No obstante, todas las emociones son válidas y es importante reconocer que cada una tiene sentido dentro de una historia, contexto y persona en particular.
Pongamos un ejemplo:
Si un niño llamado Juan expresa tristeza por perder un muñeco cuyo valor sentimental era grande para él, es importante no bloquear su emoción con frases como: “tranquilo, no estés triste; hay muchos otros muñecos que podemos comprar” o “tú no sabes lo que es sufrir de verdad, eso son tonterías”. En su lugar, podríamos decirle “entiendo que te sientas así, es normal sentirse triste cuando pierdes algo”.
Validar tampoco implica justificar comportamientos que son dañinos. A diferencia de las emociones, que no son ni buenas ni malas, las conductas si pueden evaluarse.
Siguiendo con el ejemplo anterior, podríamos seguir validando la emoción de Juan, poniendo límites a su comportamiento. Supongamos que Juan empieza a golpear a su madre, podríamos decirle “entiendo tu enfado, pero no está bien que me pegues”.
Por lo tanto, lo que validamos es la emoción, no necesariamente lo que hacemos con ella.

1. Mejora la autoestima
Cuando sentimos que nuestras emociones tienen un sentido, la confianza en nosotros mismos aumenta. Este fortalecimiento no tiene tanto que ver con el elogio o la aprobación, sino con la aceptación de que la propia experiencia interna es coherente y digna de atención.
Por el contrario, la invalidación repetida genera inseguridad, dudas sobre la propia percepción y dificultades en la toma de decisiones.
2. Fortalece las relaciones con los demás
Cuando alguien nos escucha de manera activa, muestra empatía y nos valida, el mensaje que nos llega es: “te veo, te escucho, me importas”.
Las relaciones, ya sean familiares, de pareja, amistad o incluso terapéuticas, se sostienen sobre la base de sentirnos comprendidos y aceptados. De esta manera, la validación emocional funciona como un puente y permite que dos personas compartan un espacio de intimidad.
Por lo tanto, el acercamiento emocional disminuye los conflictos interpersonales y el aislamiento.
3. Fomenta la regulación emocional
Cuando validamos las emociones, se vuelven más manejables. Esto es posible gracias a nuestro sistema nervioso parasimpático, que es quién se encarga de reducir la sensación de amenaza, bajar la tensión y da lugar a nuevas formas de regulación.
Cuando nos sentimos calmados, nos es posible reconocer, expresar y manejar nuestras emociones con mucha más facilidad. No es necesario reprimirlas ni reaccionar de forma impulsiva, porque somos más conscientes y tenemos un mayor autocontrol.
4. Reduce el malestar psicológico
La falta de validación emocional activa nuestros mecanismos de defensa. Creer que lo que sentimos no tiene sentido o está mal, genera culpa, vergüenza y confusión con respecto a la autopercepción.
Es probable que el sentirnos invalidados de forma reiterada, derive en represión emocional y, con el tiempo, en síntomas de ansiedad y/o depresión. Por eso es importante sentirnos apoyados y comprendernos a nosotros mismos.
5. Favorece la apertura al cambio y el proceso terapéutico
Aunque suene paradójico, aceptar una emoción es el primer paso para poder modificarla.
Las emociones que son negadas o minimizadas tienden a intensificarse y persistir en formas disfuncionales. En cambio, cuando una emoción es validada, la persona deja de luchar para que desaparezca y comienza a explorar desde la curiosidad. Así se crean las condiciones necesarias para el cambio emocional, cognitivo, conductual y/o relacional.
Validar no es solo un acto de apoyo, sino un componente clínico.
En terapia, al validar ayudamos al paciente a reconocer por qué siente lo que siente y cómo esos patrones emocionales se relacionan con su historia, su aprendizaje y sus necesidades actuales. Así, la validación se convierte en un proceso transformador, no solo en un consuelo emocional.
1. Escúchate activamente.
2. Nombra la emoción sin etiquetarla como buena o mala. Por ejemplo, “parece que estoy frustrado/a”.
3. No minimices lo que sientes. Evita frases como “llorando no lo solucionaré” o “cosas mejores vendrán”.
4. Escoge dos o tres mensajes que te ayuden a sentir esa emoción. Por ejemplo, “me siento triste y está bien” o “tengo derecho a enfadarme”.
5. Recuerda separar la emoción de la conducta. Utiliza “tengo derecho a enfadarme, pero no a insultar”.
6. Evita las soluciones inmediatas. Tendemos a decir “lo que tengo que hacer es…”; date tiempo.
7. Explora tus emociones. Puedes escribirlas y reflexionar acerca de su función.
Estas pautas puedes emplearlas también para validar las emociones de los demás.
No obstante, empezar a validar tanto lo que sentimos como lo que siente otra persona no es un proceso inmediato. Es un trabajo que tiene que darse forma repetida y en ello el proceso terapéutico puede ayudarte.
Tampoco es fácil hacerlo en un mundo donde muchas veces se nos pide ser fuertes o dejar de sentir para ser eficientes. En terapia, muchas veces encontramos pacientes que llevan años invalidando sus emociones y vienen con niveles altos de ansiedad y depresión, dificultades de regulación emocional y problemas en las relaciones interpersonales.
En resumen, la validación emocional aparece como un acto de empatía y cuidado, tanto hacia los demás como hacia nosotros mismos. Escuchar, comprender y aceptar lo que sentimos, es un primer paso fundamental para construir relaciones más sanas y tener una vida emocional más equilibrada.